Declaración Artística

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Lera Auerbach
SINFONIA No. 6

“Cántaros de Luz”
para violonchelo, coro y orquesta

Dedicada a Chiune Sugihara y a aquellos
que arriesgan todo por salvar a los demás

En la Sinfonía n.º 6 “Cántaros de luz”, un encargo de Yad Vashem – El Centro Mundial de Conmemoración de la Shoá, yo quise entretejer numerosas voces, voces llenas de belleza mística y valor eterno, voces que cargan la historia y manifiestan la continuidad del espíritu no vociferando sino susurrando. Para conmemorar su esencia y fuerza ininterrumpidas, y en honor y memoria del diplomático japonés Chiune Sugihara, – cuyas acciones salvaron a miles de judíos—, he incorporado la antigua técnica japonesa y el concepto de Kintsugi en la forma de esta sinfonía. Seleccioné poesía Yídish para el libreto – ya que quería rendir tributo al idioma Yídish. La propia lengua sufrió una enorme pérdida de hablantes. Los versos de los poetas penetran en el vacío, conectan generaciones, nos guían y no nos permiten olvidar nuestra identidad.

¿Qué es el Kintsugi? Se trata de una técnica que consiste en reparar la cerámica rota uniendo los fragmentos y rellenando las grietas con barniz de resina espolvoreado o mezclado con polvo de oro. De este modo, en lugar de ocultar las reparaciones, se resaltan, haciendo que los objetos sean aún más bellos y preciosos al celebrar su historia y singularidad. La filosofía que subyace a esta técnica artística puede tener un profundo efecto en la vida.

¿Cómo se puede usar la técnica y los principios del Kintsugi en la música? El primer paso de la sinfonía fue componer la música del Salmo 121 para un coro A capella. Este salmo era usado como talismán para los viajeros, un amuleto de protección. En la Edad Media, amuletos con palabras protectoras (como las del Salmo 121) eran apreciados por su promesa de proteger al portador de cualquier peligro; tales amuletos ofrecían “una ruta segura a través del mundo precario”.

Una vez finalizado el Salmo, lo “destrocé”; su material musical en fragmentos -sin palabras- aparece en los interludios, con el violonchelo solista en un abrazo conectivo que mantiene unidos los diferentes poemas (partes), haciéndolos más fuertes, y generando una sensación de unidad. El salmo quedará sin ser cantado en la sinfonía y solo existirá en una escultura en bronce que he creado, como parte integral de esta obra de arte.

La voz del violonchelo solo surge del poema “Violonchelo” de Dovid Hofshteyn, en el cual el poeta se dirige a su alma, que sigue vibrando de alta y baja a través de la sangre y el sufrimiento, eternamente viva. El violonchelo simboliza todo lo que es indescriptible, esa “cuerda” mística que une a todo el pueblo judío que está disperso por el mundo, y que permanece unido de manera misteriosa y multicultural. El violonchelo, que actúa como el pegamento dorado de Kintsugi al reunir fragmentos de vidas y recuerdos, se convierte en Letopis, un escriba del tiempo. Las líneas del salmo están concebidas para ser leídas únicamente de forma interna. Los interludios presentan susurros masculinos y femeninos, simbolizando diferentes personas e historias entretejidas, lo que ayuda a conectar las partes rotas y les permite estar en contacto unos con otros. Los susurros (líneas no cantadas) y el Salmo silente (líneas no habladas) en los interludios, brindan dos niveles adicionales de la técnica del Kintsugi y funcionan en diferentes radios de conciencia en los movimientos de la sinfonía.

Cuando se me propuso este proyecto, dudé en aceptarlo. Sentía que era demasiado pesado, demasiada responsabilidad. Después de haber compuesto dos réquiems, Réquiem – Oda a la paz y Réquiem ruso, tenía una clara idea de lo que suponía enfrentarme a un tema así y sumergirme profundamente en él para darle forma. Por otra parte, sabía que tocaría una cuerda muy personal: la historia de mi familia, que he evitado abordar de manera directa durante toda mi vida. Mi madre nació en 1940 en el seno de una familia judía en Dniepropetrovsk, Ucrania. En 1941, cuando el ejército de Hitler marchó hacia el este, mis abuelos abandonaron todas sus posesiones (incluyendo su querida biblioteca y su valiosa colección de instrumentos musicales). Se embarcaron en el tren rumbo a Siberia. Los judíos habían oído hablar de los guetos y de su destino en los territorios de Hitler. Lo único que pudieron hacer fue escapar hacia lo desconocido. En el contexto actual, los mismos trenes que transportaban refugiados hacia el este ahora viajan hacia el oeste – un espejo retrógrado de la historia.

Para algunos, el ferrocarril representaba la esperanza, mientras que, para otros, representaba el dolor y la pérdida de la libertad. Para muchos (como la inmensa mayoría de los refugiados), era una mezcla de ambas cosas: esperanzas y temores, tan estrechamente entrelazados que ya no era posible diferenciarlos. Su valor era como una cuerda dorada y vibrante que resonaba en sus vidas. Llevaban el poder de las palabras y la música a todas partes a donde iban y se lo transmitían a sus hijos. El conocimiento y la educación fue su posesión más valiosa.  Los libros se pueden quemar, pero las canciones no; los cántaros se pueden romper, pero no lo que contienen: la canción, el espíritu, el legado, La Luz.

¿Pueden las acciones y decisiones de una persona sola reparar el mundo? Sí, los actos y decisiones de Chiune Sugihara, junto con otros diplomáticos, permitieron salvar a miles de personas. Entre otros, ellos incluyen a Jan Zwartendijk (cónsul holandés en funciones en Lituania), Ho Feng-Shan (cónsul general de China en Viena), Aristides de Sousa Mendes (cónsul general de Portugal en Burdeos, Francia), Charles Carl Lutz (vicecónsul de Suiza en Budapest) y Selahattin Ulkumen (cónsul de Turquía en Rodas). Los Justos de las Naciones, galardonados por Yad Vashem, son personas no judías que asumieron grandes riesgos para salvar a los judíos durante el Holocausto. El rescate adoptó diversas formas, y los Justos procedían de diferentes naciones, religiones y estratos sociales. Su característica común era que protegían a sus vecinos judíos en una época en la que predominaban la hostilidad y la indiferencia.

Cada voz teje su propia melodía en la fibra de la historia. Toda voz cuenta. La idea de la ruptura es ilusoria. Los poetas Yídish, Yisroel Emyot, Dovid Hofshteyn, Itzik Manger, Peretz Markish, Simkha-Bunim Shayevitch, Avrom Sutzkever, Moyshe Teyf, Reyzl Zhikhlinski y otros legaron una herencia imborrable. Aunque para abordar su mundo requiere valor, uno de los deseos humanos esenciales es el deseo de recordar, conservar, registrar, conectar con el pasado y transmitir el conocimiento al futuro. El comienzo contiene el final; un arco, una puerta. La forma de un arco transmite una conexión entre el espacio y el tiempo, lo visible y lo invisible, lo oculto y lo revelado. También es un símbolo de traspaso: un paso entre el pasado y el futuro.

¿Cómo podemos describir el dolor? ¿Cómo podemos comprender algo que es incomprensible? Los poemas del libreto son cántaros llenos de memorias, algunas tan dolorosas como si cada letra fuera una esquirla. Conjuros de la memoria —cartas a la nada o a lo eterno— dirigidas a nosotros, los que estamos vivos. Cada esquirla es un espejo: nos vemos reflejados en ellos. La cuerda dorada está vibrando. No hay esquirlas. Solamente existen palabras cantadas en un idioma, aún vernáculo, con palabras vivas, antiguas y nuevas. El idioma de los soñadores y los poetas, los músicos y los eruditos, personas como tú y como yo; personas que sufrieron más que la mayoría, que reían, amaban y bailaban, cuyos destinos se cruzaron. Personas cuyas voces, inolvidables, comparten sus historias de esperanzas y pérdidas, andanzas y maravillas, sacrificios y valor. ¿Estamos preparados para escucharlas?

Declaración Artística escrita por Lera Auerbach

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